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Salidas Pedagógicas

La experiencia de estar con los alumnos/as en un espacio físico que no sea la sala de clases permite,  conocerlos de una manera diferente, relacionarse con ellos con mayor espontaneidad y soltura. Permite asimismo, que ellos/as conozcan a su profesora/or en una dimensión distinta.


La situación formal da paso a la situación informal. En ese sentido, cambia el lenguaje y al cambiar el lenguaje cambia la forma de relacionarse y de conocerse. Hay una serie de comportamientos que no pueden observarse en el aula, probablemente porque no se evidencian. Es sorprendente comprobar como algunos niños, que en la clase son considerados casi siempre como “malos alumnos,” muestran, en otros contextos,  habilidades sociales valiosas y necesarias , se muestran independientes, tienen iniciativa, sentido del humor, etc.


Las salidas pedagógicas permiten que reflexionemos sobre nuestras prácticas docentes, muchas veces estereotipadas, enmarcadas sólo en lo académico, rígidas, esperando de cada uno de nuestros alumnos/as los mismos resultados y las mismas reacciones. Sin duda, nunca esperamos las mismas reacciones y comportamientos en la calle con un grupo de niños/as, que en esas circunstancias más nos  parecen sobrinos o hijos. Y obviamente, esperamos que cada uno se comporte como es, o sea, distinto uno del otro. Y el líder es líder y se comporta como tal, el que es tímido se comporta tímidamente y nadie le exige que sea el primero en pedir la carta en un restaurante, por ejemplo, y así de una manera natural todos nos permitimos, sin demasiadas complicaciones, “ser y aprender” de distinto modo.


Sin embargo, cuando regresamos a la sala de clases, sin que tengamos demasiada conciencia de ello, volvemos, en alguna medida, al esquema tradicional, a relacionarnos de la misma forma con todos los niños/as, a enseñar las materias como si todos aprendiesen de igual manera  y tuviesen los mismos intereses. ¿Por qué es tan difícil llevar a las prácticas pedagógicas, de una manera permanente y consistente, las ideas que, con absoluto convencimiento planteamos  en nuestro discurso teórico, esto es, asumir la diversidad, favorecer los distintos estilos de aprendizaje, conocer  las múltiples formas de inteligencia, etc.?


Aun así, creo que intentamos incorporar estas ideas  a nuestras prácticas pedagógicas, pero no es rápido ni sencillo, y por otra parte, los resultados que nos piden externamente casi siempre son estandarizados, y esto agrega un nuevo problema y una nueva contradicción a nuestro trabajo.

 
Reflexionar sobre estas cuestiones me hizo recordar un libro escrito hace ya más de 30 años del autor Everett Reimer, él escribió “La escuela ha muerto”, y  esta tarde, al salir del museo con mis alumnos recordé partes de ese espléndido libro, donde el autor señalaba la importancia de establecer redes, de salir de la escuela a la calle, de que los niños/as visitaran fábricas,  empresas, bibliotecas; que la escuela formara redes de aprendizaje junto a otros agentes educativos externos y no que los niños/as permanecieran prácticamente encerrados en aulas con los mismos profesores durante períodos largos, que por excelentes que fueran, no podían competir con la infinita cantidad de posibilidades que los alumnos/as tenían aprendiendo fuera de los muros de la escuela.


 Y pienso que estas ideas siguen estando vigentes.

 
Vuelvo a mi salida al Museo de Bellas Artes con los chicos/as y conozco, o  mejor re-conozco nuevas facetas de mis alumnos/as, y recuerdo la manito de una pequeña que se siente más segura de mi mano o de la mano de Cristóbal, mientras otras quieren conversar de sus cosas, lejos de sus profes, algunos son muy organizados y miran la hora calculando el tiempo que nos queda para hacer todo lo que habíamos planificado y regresar al colegio a la hora convenida. Algunos son pacientes a la hora de esperar (locomoción, entrada al museo, almuerzo) y otros impacientes y quejumbrosos. Todos saben compartir y eso es una gran fortaleza de este grupo de niños/as, son solidarios, tienen sentido de grupo y son disciplinados. Pienso que las salidas pedagógicas facilitan el desarrollo de estos comportamientos y actitudes y compruebo  cómo y cuánto han aprendido del taller de excursionismo, conocen claves para andar en grupo y formas  eficientes de solucionar los pequeños problemas que se presentan.


En síntesis, quisiera concluir afirmando que las salidas pedagógicas son una fuente inagotable de aprendizajes  - para los chicos/as y para sus profesores/as-  desarrollan la autonomía ¡qué duda cabe! la capacidad de observación, la empatía, la capacidad para organizarse,  los lazos entre ellos y todos los conocimientos que se adquieren en un museo o en cualquier espacio cultural donde se decida ir.

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